Impacto del bullying y el ciberbullying en la víctima, desde una perspectiva socioemocional, educativa y de salud.

El estudio del bullying y el ciberbullying se justifica por los efectos que estas formas de violencia ejercen sobre el desempeño escolar, el desarrollo socioemocional y la salud integral de niñas, niños y adolescentes. De acuerdo con la UNESCO (2019), el acoso escolar incide de manera directa en la participación académica, el sentido de pertenencia a la escuela y la permanencia en el sistema educativo, generando procesos de exclusión que afectan tanto el aprendizaje como el bienestar emocional del estudiantado.
En el ámbito académico, la evidencia internacional muestra que los estudiantes que son víctimas de acoso obtienen resultados más bajos en áreas fundamentales como lectura y matemáticas, y que esta disminución se acentúa conforme aumenta la frecuencia de las agresiones. Asimismo, la presencia de entornos escolares percibidos como inseguros y con problemas de disciplina se asocia con un menor rendimiento académico general, lo que demuestra que la violencia escolar impacta negativamente el clima educativo en su conjunto (UNESCO, 2019).
Desde el plano socioemocional, el bullying y el ciberbullying se relacionan con sentimientos persistentes de soledad, ansiedad, dificultades para conciliar el sueño y pensamientos suicidas. La UNESCO (2019) advierte que las niñas, niños y adolescentes que han sido objeto de acoso presentan una mayor prevalencia de estos indicadores en comparación con quienes no han experimentado violencia escolar, lo que evidencia un deterioro significativo del bienestar emocional.
Estas diferencias se observan en la siguiente figura, que compara el estado de salud mental y la prevalencia de conductas de riesgo entre estudiantes que fueron acosados y aquellos que no lo fueron. En ella se aprecia que los estudiantes acosados reportan con mayor frecuencia sentirse solos, experimentar preocupaciones que afectan el sueño y considerar seriamente la posibilidad de suicidio. Asimismo, presentan porcentajes más elevados en el consumo de tabaco, alcohol y marihuana, así como en el inicio temprano de relaciones sexuales, en comparación con sus pares no acosados. Estos datos confirman que el acoso escolar no solo impacta el bienestar emocional inmediato, sino que también incrementa la exposición a conductas de riesgo que pueden comprometer el desarrollo integral del alumnado.
El análisis de estos efectos se complementa con los aportes de Olweus (1993), quien señala que las víctimas de acoso escolar suelen presentar altos niveles de ansiedad, inseguridad y baja autoestima. De acuerdo con el autor, estos estudiantes tienden a ser reservados y cautelosos, reaccionando al acoso mediante el retraimiento, el llanto o la evitación social, y experimentan con frecuencia sentimientos de soledad y abandono dentro del contexto escolar. Olweus distingue entre víctimas pasivas o sumisas, que constituyen el grupo más numeroso, y un grupo menos frecuente de víctimas provocativas, caracterizadas por una combinación de ansiedad y dificultades de autorregulación. En ambos casos, estas características no explican el origen del acoso, pero sí incrementan la vulnerabilidad dentro de las dinámicas de poder que se establecen entre pares.
Desde la perspectiva de la educación socioemocional, Álvarez Bolaños (2020) plantea que habilidades como la regulación emocional, la empatía y la resolución pacífica de conflictos son elementos fundamentales para la convivencia escolar y el aprendizaje. La ausencia o el bajo desarrollo de estas competencias favorece la aparición de conductas agresivas y dificulta la construcción de relaciones interpersonales positivas, por lo que el bullying debe comprenderse como un fenómeno vinculado a carencias en el desarrollo socioemocional y no únicamente como un problema de conducta individual.
En esta misma línea, enfoques centrados en la atención de personas afectadas por el acoso subrayan que el bullying impacta directamente la autoestima, entendida como la percepción de valía personal, aceptación social y capacidad para afrontar situaciones adversas. El acoso reiterado transmite mensajes de desvalorización que debilitan el sentido de pertenencia, la percepción de competencia y la seguridad personal, pilares fundamentales del bienestar socioemocional y del afrontamiento positivo de las relaciones interpersonales (Collins, s. f.).
A estos impactos se suman efectos físicos asociados al estrés prolongado que experimentan las víctimas de acoso. Diversos estudios descriptivos señalan que el bullying puede manifestarse mediante trastornos del sueño, fatiga persistente, dificultades de concentración, dolores corporales sin causa médica aparente y alteraciones gastrointestinales. Estas manifestaciones interfieren de manera directa con la asistencia escolar y el desempeño académico, reforzando la idea de que el acoso escolar tiene consecuencias integrales en la salud física y emocional, las cuales tienden a intensificarse cuando no se detectan ni atienden de manera oportuna (Collins, s. f.).
Ante este panorama, resulta necesario abordar el bullying y el ciberbullying desde un enfoque preventivo e integral. La evidencia presentada por la UNESCO (2019), junto con los aportes de Olweus (1993), Álvarez Bolaños (2020) y los enfoques centrados en el fortalecimiento de la autoestima y la regulación emocional, sustentan la necesidad de implementar acciones de prevención primaria, secundaria y terciaria orientadas a la promoción de la convivencia escolar, la detección temprana de situaciones de riesgo y la atención adecuada de los estudiantes involucrados, con la participación activa de toda la comunidad escolar.
Motivaciones y desajustes emocionales del agresor en situaciones de bullying
El bullying es una forma de violencia entre estudiantes que se caracteriza por agresiones intencionales y repetidas en el tiempo, ejercidas por uno o más agresores hacia una víctima que se encuentra en una posición de desventaja física, social o psicológica. Esta condición favorece la continuidad del acoso y da lugar a relaciones desiguales de poder dentro del grupo de pares (Olweus, 1993). Analizar las motivaciones del agresor permite comprender el bullying como una dinámica relacional compleja, más allá de una conducta aislada o circunstancial.
La conducta de acoso no surge de manera espontánea, sino que suele estar vinculada con procesos emocionales internos que influyen en la forma en que el agresor se percibe a sí mismo y se relaciona con los demás. En muchos casos, el bully presenta sentimientos de inseguridad, baja autoestima y una autoimagen negativa, experiencias que pueden llevarlo a ejercer control sobre otros como una forma de compensar su propio malestar emocional (Taylor, s. f.).
Desde esta perspectiva, el bullying puede entenderse como una estrategia desadaptativa para manejar emociones difíciles, como el miedo, la soledad o la sensación de vulnerabilidad. Al intimidar a otros, el agresor proyecta una imagen de fortaleza y dominio que le permite ocultar sus inseguridades y protegerse frente al rechazo social. Así, la conducta de acoso no responde únicamente a la intención de causar daño, sino a la necesidad de sentirse seguro y de mantener el control dentro de su entorno social inmediato (Taylor, s. f.).
Diversos estudios también señalan que algunos agresores presentan dificultades para establecer relaciones sociales satisfactorias. La falta de confianza en sí mismos, el escaso sentido de pertenencia y la percepción de no encajar en el grupo pueden generar frustración y tensión emocional. Cuando estas experiencias no encuentran formas adecuadas de expresión, pueden manifestarse a través de conductas agresivas dirigidas hacia compañeros que el agresor percibe como más vulnerables (Elliott, 2022).
Otro perfil frecuente es el del agresor que se experimenta a sí mismo como socialmente aislado. La soledad prolongada y la comparación constante con pares que gozan de mayor aceptación social pueden intensificar sentimientos de inferioridad, envidia y hostilidad. En estos casos, el bullying se convierte en una vía para exteriorizar estas emociones y, en algunos momentos, en un intento de compensar la falta de reconocimiento o pertenencia grupal (Taylor, s. f.).
Desde el ámbito social, la agresión reiterada también puede estar motivada por la búsqueda y el mantenimiento del poder dentro del grupo de pares. El acoso se utiliza como una estrategia para establecer jerarquías y conservar una posición dominante, especialmente cuando el agresor percibe que la víctima cuenta con menos recursos para defenderse. Durante la adolescencia, estas conductas pueden verse reforzadas por la necesidad de reconocimiento y estatus, sobre todo en contextos donde la agresión es tolerada o normalizada (Olweus, 1993).
Finalmente, la experiencia previa de haber sido víctima de acoso puede influir en la adopción de conductas agresivas. Haber vivido situaciones de humillación o exclusión puede llevar a algunos estudiantes a reproducir dinámicas aprendidas, convirtiéndose en agresores como una forma de recuperar el control y evitar volver a ocupar una posición de vulnerabilidad (Taylor, s. f.).
En conjunto, las motivaciones del agresor combinan factores emocionales y sociales. Por un lado, se encuentran la inseguridad, la baja autoestima y las dificultades para establecer vínculos; por otro, la necesidad de control, poder y reconocimiento dentro del grupo. El bullying emerge así como una conducta intencional que cumple funciones específicas para el agresor, relacionadas con la regulación emocional, la construcción de identidad y el posicionamiento social (Olweus, 1993; Taylor, s. f.; Elliott, 2022).
El contexto en el cual se lleva a cabo el bullying
A partir del análisis desarrollado hasta este punto, es posible comprender que el bullying no constituye un fenómeno aislado ni atribuible a un solo factor. Su aparición implica la interacción de diversas esferas que se articulan en un contexto específico. Para que el acoso escolar se configure, confluyen al menos dos actores —la víctima y el agresor—, cada uno con una historia personal marcada por experiencias familiares, escolares y sociales que influyen en la forma en que se relacionan con los demás.
Estas trayectorias individuales no actúan de manera independiente, sino que se desarrollan dentro de un entorno institucional y comunitario que puede favorecer, tolerar o limitar la aparición de conductas de acoso. Cuando las estrategias de prevención, detección e intervención resultan insuficientes o poco articuladas, las dinámicas de violencia tienden a mantenerse y reforzarse en el tiempo.
En este sentido, el bullying debe entenderse como el resultado de la convergencia de factores individuales, relacionales y contextuales. En la figura siguiente se representan las principales esferas y elementos identificados a partir de la información analizada, con el propósito de ofrecer una visión integrada del fenómeno y facilitar su comprensión desde un enfoque sistémico.
No resulta sencillo articular esfuerzos orientados a la atención del bullying que, al mismo tiempo, se integren de manera efectiva a la realidad del currículo escolar, se ajusten a los protocolos de actuación establecidos por las autoridades competentes y respondan a las necesidades de los estudiantes involucrados, así como de sus familias. Con frecuencia, la atención institucional parece activarse principalmente a partir de la visibilización de los casos, lo que determina el nivel de urgencia con el que se incorporan o actualizan los protocolos de intervención conforme a la realidad de cada institución educativa.
Desde un enfoque preventivo, los esfuerzos para atender el bullying pueden organizarse de acuerdo con el nivel de intervención al que responden, independientemente de que se presenten como programas formales, plataformas informativas o protocolos institucionales. Esta clasificación permite comprender de manera más clara la función que cumple cada iniciativa dentro de una estrategia integral de atención.
EL bullying en el contexto de los niveles de prevención
En el nivel de prevención primaria se ubican aquellos esfuerzos orientados a evitar la aparición del bullying, como los sitios web institucionales y plataformas informativas que promueven la convivencia escolar, sensibilizan a la comunidad educativa y fortalecen habilidades socioemocionales. Estos recursos cumplen una función formativa y preventiva al proporcionar información y herramientas antes de que el problema se manifieste.
La prevención secundaria incluye programas estructurados y modelos de intervención que buscan identificar de manera temprana situaciones de riesgo o casos incipientes de acoso. En este nivel se encuentran los programas escolares que ofrecen estrategias sistemáticas para la detección, el acompañamiento y la intervención oportuna, con el objetivo de impedir que las conductas de bullying se consoliden.
Por su parte, la prevención terciaria o nivel de atención se enfoca en la intervención directa en casos confirmados de bullying. En este ámbito se sitúan los protocolos de actuación y los lineamientos institucionales que establecen procedimientos específicos para proteger a las víctimas, intervenir con los agresores, reparar el daño y prevenir la reincidencia.
Con el fin de organizar los distintos esfuerzos identificados para la atención del bullying, a continuación se presenta una tabla que los clasifica de acuerdo con el nivel de prevención al que responden. Esta organización permite visualizar cómo los sitios informativos, los programas de intervención y los protocolos de actuación cumplen funciones diferenciadas (prevención primaria, secundaria, terciaria o cuaternaria) pero complementarias dentro de una estrategia integral.
A continuación se describen los niveles de intervención que se consideran para realizar la clasificación:
Prevención primaria
La prevención primaria del bullying se alinea con los enfoques actuales de promoción de la salud mental, bienestar y entornos escolares seguros. La Organización Mundial de la Salud y UNICEF destacan que la violencia escolar puede prevenirse fortaleciendo habilidades socioemocionales, promoviendo relaciones positivas y difundiendo información accesible a toda la comunidad educativa antes de que aparezcan conductas de acoso (UNICEF, 2021).
Prevención secundaria
Desde el enfoque de salud pública, la prevención secundaria implica identificar de manera temprana situaciones de riesgo y responder oportunamente para evitar que la violencia se consolide. La OMS subraya la importancia de la detección temprana del malestar emocional, la exclusión social y los primeros signos de violencia entre pares como parte de las estrategias de intervención temprana en contextos escolares (OMS, 2020).
Los programas escolares estructurados y modelos de intervención se inscriben en este nivel al proporcionar herramientas para la observación sistemática, el acompañamiento y la atención inicial de estudiantes en riesgo.
Prevención terciaria
La prevención terciaria se orienta a reducir las consecuencias del bullying una vez que este ha ocurrido, garantizando atención integral, protección de derechos y prevención de la reincidencia. Informes recientes de la OMS y UNESCO destacan la necesidad de protocolos claros, coordinados y centrados en el bienestar de víctimas y agresores, evitando respuestas exclusivamente punitivas (OMS, 2020; UNESCO, 2022).
Los protocolos institucionales de actuación permiten estructurar la respuesta escolar y articular acciones con familias y servicios externos cuando es necesario.
Prevención cuaternaria
La prevención cuaternaria, incorporada de forma más explícita en la última década, se enfoca en evitar daños derivados de intervenciones innecesarias, desproporcionadas o mal aplicadas, especialmente en poblaciones infantiles y adolescentes. La OMS enfatiza la importancia de enfoques éticos, basados en derechos humanos y en la proporcionalidad de las intervenciones en salud mental y violencia (OMS, 2022)
Los esfuerzos para atender el bullying pueden organizarse a partir de los niveles de prevención primaria, secundaria, terciaria y cuaternaria, lo que permite comprender la función específica que cumplen los distintos recursos, programas y protocolos dentro de una estrategia integral.
En el nivel de prevención primaria se ubican las acciones orientadas a evitar la aparición del bullying mediante la promoción de la convivencia escolar, la sensibilización y el fortalecimiento de habilidades socioemocionales. Organismos como la UNESCO destacan que la creación de entornos educativos seguros, inclusivos y participativos constituye un eje central para prevenir la violencia entre pares. En esta misma línea, UNICEF y el portal StopBullying.gov ofrecen información accesible para estudiantes, familias y docentes que facilita el reconocimiento temprano del acoso y fomenta actitudes de respeto y corresponsabilidad dentro de la comunidad educativa (UNESCO, 2022; UNICEF, 2021; U.S. Department of Health & Human Services, 2023).
De manera complementaria a los esfuerzos institucionales, programas y plataformas informativas previamente descritos, también resulta pertinente integrar publicaciones especializadas y libros orientados al desarrollo de habilidades personales y socioemocionales como parte de una estrategia integral frente al bullying. En particular, las propuestas centradas en el fortalecimiento de las fortalezas del carácter, como las impulsadas por el VIA Institute on Character, aportan un enfoque preventivo que promueve cualidades como la empatía, la autorregulación, la valentía y la justicia, las cuales funcionan como factores protectores frente a la violencia entre pares. Este tipo de materiales resulta especialmente valioso en el ámbito educativo al ofrecer actividades estructuradas que pueden incorporarse al trabajo cotidiano en el aula y a los programas de convivencia escolar.
Es posible encontrar también publicaciones orientadas específicamente a la prevención y el abordaje del bullying desde una perspectiva práctica, como la obra de Celada Ramón (s. f.), que recopila dinámicas y actividades dirigidas a sensibilizar, fortalecer la convivencia y ofrecer herramientas concretas para la intervención educativa. De igual forma, otros libros se enfocan en brindar orientaciones, consejos y estrategias para que estudiantes, familias y docentes enfrenten situaciones de acoso escolar de manera informada y asertiva. Estos materiales no sustituyen los programas ni los protocolos institucionales, pero constituyen recursos complementarios que enriquecen los esfuerzos de prevención primaria y secundaria, al traducir la evidencia y los enfoques teóricos en acciones concretas aplicables en el contexto escolar.
Además de los programas institucionales, plataformas informativas y protocolos formales, es posible fortalecer los esfuerzos de prevención e intervención frente al bullying mediante publicaciones especializadas, particularmente libros orientados a la comprensión del fenómeno y al desarrollo de recursos personales y sociales. Este tipo de materiales cumple una función complementaria al traducir la evidencia teórica y empírica en orientaciones prácticas accesibles para docentes, familias y estudiantes.
En el nivel de prevención primaria también , se integran libros que promueven el desarrollo de fortalezas personales, la empatía y la conciencia social, como aquellos vinculados al enfoque de fortalezas del carácter impulsado desde el ámbito de la psicología positiva (por ejemplo, propuestas asociadas al VIA Institute). Estas obras buscan fortalecer recursos internos como la autorregulación, la justicia y la compasión, que actúan como factores protectores frente a la violencia entre pares, contribuyendo a la construcción de climas escolares más respetuosos antes de que el acoso aparezca.
En el nivel de prevención secundaria, se ubican publicaciones que analizan el bullying desde perspectivas descriptivas y analíticas, como estudios sobre acoso en contextos escolares y universitarios, o textos que explican las dinámicas del agresor, la víctima y el grupo de pares. Obras como Bullying Among University Students o textos centrados en la identificación de conductas de acoso permiten reconocer señales tempranas, comprender los factores de riesgo y orientar intervenciones educativas oportunas cuando el problema comienza a manifestarse.
Por otra parte, en los niveles terciario y cuaternario, se integran libros orientados a la orientación directa y al manejo ético de situaciones complejas, como aquellos que ofrecen recomendaciones para enfrentar a los agresores, comprender el impacto emocional del acoso o reflexionar críticamente sobre la violencia institucionalizada. Textos como The Bully’s Playbook, 101 Facts About Bullying o Bullying: La humillación burocratizada aportan marcos de análisis que permiten evitar respuestas punitivas desproporcionadas, promover enfoques restaurativos y prevenir la revictimización, contribuyendo así a intervenciones más cuidadosas y centradas en el bienestar integral de los involucrados.
En conjunto, estas publicaciones no sustituyen los programas ni los protocolos institucionales, pero enriquecen los esfuerzos de prevención e intervención al ofrecer recursos formativos, reflexivos y prácticos que pueden incorporarse de manera flexible en el trabajo escolar, familiar y comunitario, fortaleciendo una respuesta integral frente al bullying.
La prevención secundaria se enfoca en la detección temprana y en la intervención educativa estructurada cuando comienzan a identificarse situaciones de riesgo. En este nivel se encuentran programas escolares como el Olweus Bullying Prevention Program, que propone un abordaje integral mediante normas claras, supervisión constante y seguimiento sistemático de los casos, y el KiVa Program, que pone énfasis en el papel del grupo de pares y en la reducción del refuerzo social del acoso. De manera complementaria, los programas de educación socioemocional fortalecen habilidades protectoras que facilitan la identificación temprana y la intervención oportuna (Olweus & Limber, 2010).
Dentro de este mismo nivel se integra el Programa PDA Bullying (Prevención, Detección y Actuación), una plataforma colaborativa que promueve buenas prácticas orientadas a la identificación de señales de alerta y a la activación de respuestas coordinadas. Su enfoque refuerza la capacidad institucional para intervenir antes de que las conductas de acoso se consoliden, contribuyendo a entornos escolares más seguros (PDA Bullying, s. f.).
La prevención terciaria, o nivel de atención, se activa ante casos confirmados de bullying y se apoya en protocolos de actuación institucionales, como los establecidos por la Secretaría de Educación Pública (SEP) y los protocolos estatales. Estos lineamientos definen procedimientos para proteger a las víctimas, intervenir con los agresores y prevenir la reincidencia, priorizando el bienestar de niñas, niños y adolescentes (Secretaría de Educación Pública, 2020).
Finalmente, la prevención cuaternaria introduce una dimensión ética orientada a evitar daños derivados de intervenciones desproporcionadas o inadecuadas. Desde un enfoque de derechos de la niñez, se enfatiza la necesidad de prevenir la estigmatización y la revictimización, promoviendo respuestas restaurativas y respetuosas que protejan la dignidad de los estudiantes involucrados (UNESCO, 2022; UNICEF, 2021).
Si bien actualmente es posible identificar un número importante de iniciativas orientadas a la prevención y atención del bullying en sus distintos niveles, muchas de ellas tienden a concentrarse en un solo nivel de prevención o a enfocarse de manera específica en determinados niveles educativos. En particular, la mayoría de los programas y acciones se dirigen a la educación básica, mientras que en los niveles de educación media superior y superior las estrategias de prevención y atención suelen disminuir de forma progresiva.
Esta situación provoca que, en algunos casos, los fenómenos de acoso en etapas educativas posteriores queden, insuficientemente atendidos por las instancias responsables de diseñar regulaciones y protocolos de actuación. De manera paralela, las autoridades escolares y las familias pueden adoptar una participación más distante, en parte debido a la expectativa de que los estudiantes desarrollen mayor autonomía e independencia. Sin embargo, esta distancia puede derivar en una menor detección de situaciones de riesgo y en un acompañamiento limitado frente a experiencias de acoso, lo que subraya la necesidad de fortalecer enfoques integrales y continuos que acompañen al estudiantado a lo largo de toda su trayectoria educativa. La siguiente figura muestra cómo es que conforme el alumno avanza en su trayectoria académica la red de apoyo se reduce.
A lo largo del texto se ha presentado información que pretende aportar en el entendimiento de las diversas causas del bullying, destacando que el entorno familiar constituye un espacio fundamental en el que se establecen las primeras bases relacionales que pueden influir en que una persona adopte, con el tiempo, una posición de víctima o de agresor. Posteriormente, es en el contexto educativo donde estos patrones pueden manifestarse y reproducirse, lo que sitúa a las instituciones escolares y a las autoridades educativas frente a la responsabilidad de identificar y atender de manera oportuna las situaciones de acoso.
Se ha analizado cómo tanto el agresor como la víctima experimentan impactos en los ámbitos emocional, mental y cognitivo, lo que evidencia que, en ambos casos, existen necesidades de apoyo que deben ser consideradas. De igual forma, se ha mostrado que existen programas y estrategias que inciden en los distintos niveles de prevención del bullying; no obstante, persiste el reto de diseñar e implementar intervenciones integrales y continuas, capaces de ajustarse a lo largo de la trayectoria educativa del alumnado y de responder a las particularidades de cada etapa de desarrollo.





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